
«No hay documento de cultura que no lo sea al tiempo de barbarie»: lo dejó escrito el filósofo alemán Walter Benjamin en Sobre el concepto de historia (1940) y se diría que CROP y El Canto de la Sibila reposan sobre esta idea como quien se instala en el centro de un problema aún candente. Las dos propuestas tratan la cultura como un hecho inmaterial que, al convertirse en comunitario —representación, ficción, visión, ritual—, se ha encarnado y hecho palpable. Conciben la cultura como aquello que ha sido cultivado1 durante el tiempo —milenios o décadas—, como representación de una comunidad de aspiración benéfica o bien perversa,2 pero rara vez inocente. La cultura aparece en ella como un rastro o como una traza de lo que ha existido; un documento cuya trama está toda ella hecha de citas, con el matiz que esto la hace cambiante y viva.3 Los organismos vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Enmohecen,4 después. Como un paisaje.5 Como un hipertexto.
Sebastià Portell
1
CULTIVO, CULTURA
Cultura: 1 f. Acción y efecto de cultivar. Real Academia Española
Somos gente cultivada. Tenemos millones de bacterias. Estíbaliz Espinosa
Hay una mano y en la mano, semillas
y hay la tierra preparada para el cultivo:
la ubicación es la correcta, tiene suficientes horas de sol
y ha sido bien abonada previamente
—se nota el olor a estiércol en el otro lado,
donde estamos ahora tú y yo, lo bastante lejos para no ensuciarnos
y a la vez lo bastante cerca para controlar
y poder decir la clave está en la azada, el movimiento,
es importante la espera, es necesario estar atento al proceso,
sentencias que, efectivamente, suenan bien.
Hay una mano, decía, y dentro de la mano, semillas
que deberán ser plantadas con rigor
dentro del espacio que delimitan las parcelas:
las habas con las habas sin mezclar
y los tomates aquí, como se ha hecho siempre.
Es lógico, afirmas. Es pobre, te contesto.
Es pobre e incluso diría que da miedo
seguir un orden impuesto, tanta pureza
y tan poco poner en duda estas líneas rectas,
patrones de hileras regulares, simétricas
como tumbas enterradas sin losa
de donde ya nada podrá ni nacer ni morir
y es cierto, que nada pueda crecer es un problema,
pero que no pueda morir, una catástrofe.
Hay una mano, todavía esta mano
que lleva las semillas para el cultivo
y sabe con precisión las medidas del terreno
como las sabía su padre, y el padre de su padre.
Es tradición y es excelencia, alegas,
y te veo admirar el cuerpo que precede la mano
y sorprende y duele y decepciona, no sabes cuánto,
que no veas la ausencia, que te dé igual
y no preguntes dónde ha estado hasta ahora, la madre,
y dónde estará la hija si no es encerrada en casa.
La tradición que tú defiendes tiene el color
del cuchillo con él que ella, anónima como todas,
está a punto, a punto, de cortarle el pescuezo
a un animal que acabará encima de la mesa,
troceado, con verduritas, las verduritas
que nos ha dado el campo, gracias Señor
bendecid vos esta mesa que nosotros
juramos no decir nada de las violencias
y así seremos tan cómplices como vos, amén.
Hay la mano, insisto, y la pregunta:
¿por qué una sola mano firmando la siembra
si la autoría del huerto es siempre tan diversa?
En este pedazo de tierra, por ejemplo,
se debería tener en cuenta a los gusanos, cerca de mil gusanos,
que cada día y en la oscuridad, qué ofrenda,
consiguen acelerar el proceso
de compostaje, y lo hacen sin decir nada,
sin esperar portadas ni aplauso alguno
a pesar de que saben el final de esta historia,
saben que todo será para el propietario de la mano,
la mano que ha salido en el primer verso,
la mano que aprobará la marca, el reconocimiento,
«Gracias a todos por estar aquí hoy, es un honor,
me alegra que la crítica valore
el esfuerzo que he hecho hasta ahora. Mis rábanos,
las zanahorias, mis pimientos son para vosotros».
¿Hasta cuándo esta adoración por el yo,
hasta cuándo la indiferencia por lo que suma,
por todo lo que está y se ve solo si se quiere?
Hay la mano, la mano que lleva semillas
y que a estas alturas creemos conocer.
Precisamente de alturas viene a hablaros
el pájaro que sobrevuela ahora el paisaje
(nos hemos fijado en él porque por unos instantes
se ha proyectado su sombra en la muñeca
de esta mano que, es cierto, nos abruma).
Hay que mirar hacia arriba, volar muy alto y proyectarse
has proclamado con tono de visionario,
de aquel que ve los frutos que han de venir
en un supermercado pongamos de Groenlandia.
Llegar lejos para ti tiene que ver con trabajar
para que de las semillas crezcan productos
que en todas partes puedan entenderse, sin ser excesivamente ácidos.
Esto en cambio para mí es exportación,
diez mil aviones cruzando el cielo, palets y cajas,
tres toneladas al mes de fruta insípida
que de tan digestiva puede dar angustia.
Pero tú sigue, mira bien alto y olvida poco a poco
qué es lo que tienes cerca, lo que arraiga en la tierra,
cuánta agua necesita, si hace tiempo que tiene sed.
Pero después no hagas como tantos otros,
no acuses al terreno de no ser fértil
ni digas cómo puede ser, qué desgracia.
Lo sé: ser consecuente es muy difícil,
se está muy bien instalado en la distancia
que imponen las palabras con los hechos
(te lo dice alguien que te habla en un poema
y hace de la metáfora condena,
y quiere que la condena tenga efectos,
que llame la atención, como el alba a los girasoles.
Te lo dice quien escribe apresuradamente los últimos versos
Justo cuando la mano que guía el texto desaparece
y no le dice adiós porque de repente llueve,
llueve mucho, llueve tanto que deberá irte a casa
y a ti dejarte entre el cultivo y la metáfora,
allí donde no podrás ver cuántos charcos
hay en estos momentos sobre el asfalto).
Calafell, Mireia. Nosaltres qui.
Barcelona: LaBreu Edicions, 2020.
2
Mi tiempo no es el tuyo. Tampoco es mío. El tiempo
depende de la velocidad del reloj que lo mide,
y la velocidad en mí no es la velocidad en ti,
por una razón tan afilada como es ahora
que el viaje que tú haces no es el viaje que yo llevo conmigo.
Quiero decir que no pongas un copyright mentiroso al tiempo,
mientras hablas escolarmente de «nuestro tiempo»,
porque aquellos que solamente aman su tiempo
y ciertas imágenes tradicionales del hombre
han comulgado más o menos con Alemania.
La empresa en mí es Ver lo que hay, no lo que pasa…
Lo que pasa me ve a mí.
Yo quiero ver solamente al hombre, ver si vive,
sobre todo el esplendor humano donde la crisis es la personalidad.
Pero en vez de ver al hombre que vive en crisis,
he de hartarme de ver a hombrezuelos viviendo de la crisis,
y esto es porque
aquellos que aman solamente su tiempo
y ciertas imágenes tradicionales del hombre
han comulgado más o menos con Alemania.
Si quieres ser un hombre,
procura, antes que nada, estar ojo avizor.
Procura no tener ningún amo
que te eduque a imagen y semblanza de su cuadro clínico.
Te enseñará solamente que lo mantengas
y que comulgues con su mural rupestre,
si lo que quieres es que te den el carnet de súbdito.
Así cogerás la sucia enfermedad de la decencia
y la grosera roña del silencio. Serás un esteta,
y esto es la jarra de cerveza
que ayuda a tragarse el pan enmohecido,
aquellos que aman solamente su tiempo
y ciertas imágenes tradicionales del hombre
han comulgado más o menos con Alemania.
Si quieres ser un hombre,
no tienes permiso para pensar que naciste hombre.
No naciste hombre, pero tienes que volver a serlo.
Tu única empresa es conseguir
que las cosas evidentes se hagan públicas.
¡Pero, pobre de ti si dejas que los demás te hagan hombre!
Cogerás la sucia enfermedad de la decencia
y la grosera roña del silencio. Serás un esteta,
y esto es porque
aquellos que aman solamente su tiempo
y ciertas imágenes tradicionales del hombre
han comulgado más o menos con Alemania,
y esto es la jarra de cerveza
que ayuda a tragarse el pan enmohecido.
Si quieres ser un hombre, no digas que el pie de un hombre
es más moderno que la pezuña de un caballo.
Nunca digas solamente «yo» cuando haces una cosa bien hecha.
Nunca te atrevas a decir solamente «flor» a una flor mustia.
No te atrevieras nunca a decir «lucha» a una carnicería.
No te acerques al cerdo evidente que dice «indocumentado»
a quien no lleva a los padres, la calle y el sexo escritos en un cartón.
No tienes vergüenza, si crees que es cierto,
todo lo que un carnet dice de una persona.
Si cumples con todo esto, serás un esteta,
y esto es la jarra de cerveza
que ayuda a tragarse el pan enmohecido.
Yo creo en la justicia y en los justos,
pero, como que la autoridad es mutua o no es,
a cambio de mi fe en la justicia,
que ningún juez de aquí en catalán ni de la tierra se atreva
a poner su firma, o su rúbrica…, bajo pena de 12 balas,
si no ha de ser él mismo, con su propia mano,
quien ponga el garrote, la horca o la bala al condenado,
porque la horca, la bala y la firma deben tener la misma letra.
Si no, es que eres
como aquellos que aman solamente su tiempo
y ciertas imágenes tradicionales del hombre
porque han comulgado más o menos con Alemania,
y esto es la jarra de cerveza
que ayuda a tragarse el pan enmohecido.
Bonet, Blai. Has vist, algun cop, Jordi Bonet, Ca n’Amat a l’ombra?.
Barcelona: Borràs Edicions, 1976.
3
Los organismos que conforman la colonia de hongos de CROP han viajado desde Barcelona hasta Praga en un trayecto en coche de dos días. Dos personas se turnan el asiento del piloto y del copiloto, y el resto del vehículo es habitado por una podredumbre que hay que proteger y alimentar. Es necesario que no le dé la luz, y por eso las ventanas cuentan con pantallas que neutralizan los rayos solares. Es necesario que los índices de humedad no bajen, y por eso se deben regar de manera periódica; cada especie a su ritmo, a su turno. Es necesario que la temperatura sea moderada, y por eso no hay opción de activar el aire acondicionado o cualquier tipo de sistema de refrigeración. Cuarenta y ocho horas de un viaje que atraviesa Europa y un coche lleno de verdor y de blancura, olores no siempre amables que se mezclan: hay que aprender a convivir con el asco y con la vida que insiste. Una vez llegados a la Cuatrienal, hay que insistir en el mismo sistema: siembra, riego, cuidado, repetición. Observación. Tratar la cultura y el cultivo como algo vivo. Como una huerta.
4
esta vez ‘nosotros’ vendría
al mundo con bastoncitos, clavados
en una cultura que ha enmohecido—
Oleschinski, Brigitte. Corrent d’esperits.
Lleida: Pagès, 2008.
5
Un paisaje también puede ser el moho que ha emergido entre los desechos, en lo descartado. ¿Es menos hermoso el verde del musgo que el de un campo mojado por el rocío? ¿Qué separa el asco de la visión más complaciente? ¿Quién decide qué formas de vida son válidas y cuáles habitan el espacio de la abyección, el de la malformación, el de la náusea? Con los ojos cerrados, uno puede saborear sin manías una ensalada cubierta de musgo.

Reunión
Raimon Rius

El canto
de la Sibila.
Raimon Rius

CROP
Raimon Rius

Fragments II
Raimon Rius
Participación en la sección Fragments II — Exposición de modelos escénicos
Años después de un estreno teatral, la maqueta de un espectáculo se convierte en testigo de un hecho extinguido por su propia naturaleza efímera. A menudo no nos lo imaginamos, pero lo que vemos es sobre todo la latencia, de lo que fue y de todo lo que hubiera podido ser.
La maqueta nació para que el escenógrafo pudiera hablar en primera instancia consigo mismo. Para que pudiera imaginar la historia hecha de lleno y vacío, fondo y forma, movimiento y quietud. Para que pudiera preguntarse por dimensiones, escalas, puntos de vista, relaciones, circulaciones, entradas y salidas, luces y sombras, colores y texturas. Después, se convirtió en un juguete compartido, un diálogo, una conversación, una proyección colectiva. Fue la reproducción de un pequeño mundo para que directores de escena, iluminadores, figurinistas o intérpretes imaginaran cómo habitarlo, darle vida, hacer que mutara, contradecirlo o pervertirlo. Y, finalmente, también nació para que, en el futuro, otros tuvieran el privilegio de seguir el rastro íntimo de una idea que un día se hizo materia en el taller del escenógrafo.



Fotografía de Joan Martínez
Fotografías de May Zircus

«No hay documento de cultura que no lo sea al tiempo de barbarie»: lo dejó escrito el filósofo alemán Walter Benjamin en Sobre el concepto de historia (1940) y se diría que CROP y El Canto de la Sibila reposan sobre esta idea como quien se instala en el centro de un problema aún candente. Las dos propuestas tratan la cultura como un hecho inmaterial que, al convertirse en comunitario —representación, ficción, visión, ritual—, se ha encarnado y hecho palpable. Conciben la cultura como aquello que ha sido cultivado1 durante el tiempo —milenios o décadas—, como representación de una comunidad de aspiración benéfica o bien perversa,2 pero rara vez inocente. La cultura aparece en ella como un rastro o como una traza de lo que ha existido; un documento cuya trama está toda ella hecha de citas, con el matiz que esto la hace cambiante y viva.3 Los organismos vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Enmohecen,4 después. Como un paisaje.5 Como un hipertexto.
Sebastià Portell
1
CULTIVO, CULTURA
Cultura: 1 f. Acción y efecto de cultivar. Real Academia Española
Somos gente cultivada. Tenemos millones de bacterias. Estíbaliz Espinosa
Hay una mano y en la mano, semillas
y hay la tierra preparada para el cultivo:
la ubicación es la correcta, tiene suficientes horas de sol
y ha sido bien abonada previamente
—se nota el olor a estiércol en el otro lado,
donde estamos ahora tú y yo, lo bastante lejos para no ensuciarnos
y a la vez lo bastante cerca para controlar
y poder decir la clave está en la azada, el movimiento,
es importante la espera, es necesario estar atento al proceso,
sentencias que, efectivamente, suenan bien.
Hay una mano, decía, y dentro de la mano, semillas
que deberán ser plantadas con rigor
dentro del espacio que delimitan las parcelas:
las habas con las habas sin mezclar
y los tomates aquí, como se ha hecho siempre.
Es lógico, afirmas. Es pobre, te contesto.
Es pobre e incluso diría que da miedo
seguir un orden impuesto, tanta pureza
y tan poco poner en duda estas líneas rectas,
patrones de hileras regulares, simétricas
como tumbas enterradas sin losa
de donde ya nada podrá ni nacer ni morir
y es cierto, que nada pueda crecer es un problema,
pero que no pueda morir, una catástrofe.
Hay una mano, todavía esta mano
que lleva las semillas para el cultivo
y sabe con precisión las medidas del terreno
como las sabía su padre, y el padre de su padre.
Es tradición y es excelencia, alegas,
y te veo admirar el cuerpo que precede la mano
y sorprende y duele y decepciona, no sabes cuánto,
que no veas la ausencia, que te dé igual
y no preguntes dónde ha estado hasta ahora, la madre,
y dónde estará la hija si no es encerrada en casa.
La tradición que tú defiendes tiene el color
del cuchillo con él que ella, anónima como todas,
está a punto, a punto, de cortarle el pescuezo
a un animal que acabará encima de la mesa,
troceado, con verduritas, las verduritas
que nos ha dado el campo, gracias Señor
bendecid vos esta mesa que nosotros
juramos no decir nada de las violencias
y así seremos tan cómplices como vos, amén.
Hay la mano, insisto, y la pregunta:
¿por qué una sola mano firmando la siembra
si la autoría del huerto es siempre tan diversa?
En este pedazo de tierra, por ejemplo,
se debería tener en cuenta a los gusanos, cerca de mil gusanos,
que cada día y en la oscuridad, qué ofrenda,
consiguen acelerar el proceso
de compostaje, y lo hacen sin decir nada,
sin esperar portadas ni aplauso alguno
a pesar de que saben el final de esta historia,
saben que todo será para el propietario de la mano,
la mano que ha salido en el primer verso,
la mano que aprobará la marca, el reconocimiento,
«Gracias a todos por estar aquí hoy, es un honor,
me alegra que la crítica valore
el esfuerzo que he hecho hasta ahora. Mis rábanos,
las zanahorias, mis pimientos son para vosotros».
¿Hasta cuándo esta adoración por el yo,
hasta cuándo la indiferencia por lo que suma,
por todo lo que está y se ve solo si se quiere?
Hay la mano, la mano que lleva semillas
y que a estas alturas creemos conocer.
Precisamente de alturas viene a hablaros
el pájaro que sobrevuela ahora el paisaje
(nos hemos fijado en él porque por unos instantes
se ha proyectado su sombra en la muñeca
de esta mano que, es cierto, nos abruma).
Hay que mirar hacia arriba, volar muy alto y proyectarse
has proclamado con tono de visionario,
de aquel que ve los frutos que han de venir
en un supermercado pongamos de Groenlandia.
Llegar lejos para ti tiene que ver con trabajar
para que de las semillas crezcan productos
que en todas partes puedan entenderse, sin ser excesivamente ácidos.
Esto en cambio para mí es exportación,
diez mil aviones cruzando el cielo, palets y cajas,
tres toneladas al mes de fruta insípida
que de tan digestiva puede dar angustia.
Pero tú sigue, mira bien alto y olvida poco a poco
qué es lo que tienes cerca, lo que arraiga en la tierra,
cuánta agua necesita, si hace tiempo que tiene sed.
Pero después no hagas como tantos otros,
no acuses al terreno de no ser fértil
ni digas cómo puede ser, qué desgracia.
Lo sé: ser consecuente es muy difícil,
se está muy bien instalado en la distancia
que imponen las palabras con los hechos
(te lo dice alguien que te habla en un poema
y hace de la metáfora condena,
y quiere que la condena tenga efectos,
que llame la atención, como el alba a los girasoles.
Te lo dice quien escribe apresuradamente los últimos versos
Justo cuando la mano que guía el texto desaparece
y no le dice adiós porque de repente llueve,
llueve mucho, llueve tanto que deberá irte a casa
y a ti dejarte entre el cultivo y la metáfora,
allí donde no podrás ver cuántos charcos
hay en estos momentos sobre el asfalto).
Calafell, Mireia. Nosaltres qui.
Barcelona: LaBreu Edicions, 2020.
2' 14'' — CROP, Meritxell Colell







2
Mi tiempo no es el tuyo. Tampoco es mío. El tiempo
depende de la velocidad del reloj que lo mide,
y la velocidad en mí no es la velocidad en ti,
por una razón tan afilada como es ahora
que el viaje que tú haces no es el viaje que yo llevo conmigo.
Quiero decir que no pongas un copyright mentiroso al tiempo,
mientras hablas escolarmente de «nuestro tiempo»,
porque aquellos que solamente aman su tiempo
y ciertas imágenes tradicionales del hombre
han comulgado más o menos con Alemania.
La empresa en mí es Ver lo que hay, no lo que pasa…
Lo que pasa me ve a mí.
Yo quiero ver solamente al hombre, ver si vive,
sobre todo el esplendor humano donde la crisis es la personalidad.
Pero en vez de ver al hombre que vive en crisis,
he de hartarme de ver a hombrezuelos viviendo de la crisis,
y esto es porque
aquellos que aman solamente su tiempo
y ciertas imágenes tradicionales del hombre
han comulgado más o menos con Alemania.
Si quieres ser un hombre,
procura, antes que nada, estar ojo avizor.
Procura no tener ningún amo
que te eduque a imagen y semblanza de su cuadro clínico.
Te enseñará solamente que lo mantengas
y que comulgues con su mural rupestre,
si lo que quieres es que te den el carnet de súbdito.
Así cogerás la sucia enfermedad de la decencia
y la grosera roña del silencio. Serás un esteta,
y esto es la jarra de cerveza
que ayuda a tragarse el pan enmohecido,
aquellos que aman solamente su tiempo
y ciertas imágenes tradicionales del hombre
han comulgado más o menos con Alemania.
Si quieres ser un hombre,
no tienes permiso para pensar que naciste hombre.
No naciste hombre, pero tienes que volver a serlo.
Tu única empresa es conseguir
que las cosas evidentes se hagan públicas.
¡Pero, pobre de ti si dejas que los demás te hagan hombre!
Cogerás la sucia enfermedad de la decencia
y la grosera roña del silencio. Serás un esteta,
y esto es porque
aquellos que aman solamente su tiempo
y ciertas imágenes tradicionales del hombre
han comulgado más o menos con Alemania,
y esto es la jarra de cerveza
que ayuda a tragarse el pan enmohecido.
Si quieres ser un hombre, no digas que el pie de un hombre
es más moderno que la pezuña de un caballo.
Nunca digas solamente «yo» cuando haces una cosa bien hecha.
Nunca te atrevas a decir solamente «flor» a una flor mustia.
No te atrevieras nunca a decir «lucha» a una carnicería.
No te acerques al cerdo evidente que dice «indocumentado»
a quien no lleva a los padres, la calle y el sexo escritos en un cartón.
No tienes vergüenza, si crees que es cierto,
todo lo que un carnet dice de una persona.
Si cumples con todo esto, serás un esteta,
y esto es la jarra de cerveza
que ayuda a tragarse el pan enmohecido.
Yo creo en la justicia y en los justos,
pero, como que la autoridad es mutua o no es,
a cambio de mi fe en la justicia,
que ningún juez de aquí en catalán ni de la tierra se atreva
a poner su firma, o su rúbrica…, bajo pena de 12 balas,
si no ha de ser él mismo, con su propia mano,
quien ponga el garrote, la horca o la bala al condenado,
porque la horca, la bala y la firma deben tener la misma letra.
Si no, es que eres
como aquellos que aman solamente su tiempo
y ciertas imágenes tradicionales del hombre
porque han comulgado más o menos con Alemania,
y esto es la jarra de cerveza
que ayuda a tragarse el pan enmohecido.
Bonet, Blai. Has vist, algun cop, Jordi Bonet, Ca n’Amat a l’ombra?.
Barcelona: Borràs Edicions, 1976.
3
Los organismos que conforman la colonia de hongos de CROP han viajado desde Barcelona hasta Praga en un trayecto en coche de dos días. Dos personas se turnan el asiento del piloto y del copiloto, y el resto del vehículo es habitado por una podredumbre que hay que proteger y alimentar. Es necesario que no le dé la luz, y por eso las ventanas cuentan con pantallas que neutralizan los rayos solares. Es necesario que los índices de humedad no bajen, y por eso se deben regar de manera periódica; cada especie a su ritmo, a su turno. Es necesario que la temperatura sea moderada, y por eso no hay opción de activar el aire acondicionado o cualquier tipo de sistema de refrigeración. Cuarenta y ocho horas de un viaje que atraviesa Europa y un coche lleno de verdor y de blancura, olores no siempre amables que se mezclan: hay que aprender a convivir con el asco y con la vida que insiste. Una vez llegados a la Cuatrienal, hay que insistir en el mismo sistema: siembra, riego, cuidado, repetición. Observación. Tratar la cultura y el cultivo como algo vivo. Como una huerta.
4
esta vez ‘nosotros’ vendría
al mundo con bastoncitos, clavados
en una cultura que ha enmohecido—
Oleschinski, Brigitte. Corrent d’esperits.
Lleida: Pagès, 2008.
5
Un paisaje también puede ser el moho que ha emergido entre los desechos, en lo descartado. ¿Es menos hermoso el verde del musgo que el de un campo mojado por el rocío? ¿Qué separa el asco de la visión más complaciente? ¿Quién decide qué formas de vida son válidas y cuáles habitan el espacio de la abyección, el de la malformación, el de la náusea? Con los ojos cerrados, uno puede saborear sin manías una ensalada cubierta de musgo.



Ilustraciones de Raimon Rius

Ilustración de Raimon Rius
Participación en la sección Fragments II — Exposición de modelos escénicos
Años después de un estreno teatral, la maqueta de un espectáculo se convierte en testigo de un hecho extinguido por su propia naturaleza efímera. A menudo no nos lo imaginamos, pero lo que vemos es sobre todo la latencia, de lo que fue y de todo lo que hubiera podido ser.
La maqueta nació para que el escenógrafo pudiera hablar en primera instancia consigo mismo. Para que pudiera imaginar la historia hecha de lleno y vacío, fondo y forma, movimiento y quietud. Para que pudiera preguntarse por dimensiones, escalas, puntos de vista, relaciones, circulaciones, entradas y salidas, luces y sombras, colores y texturas. Después, se convirtió en un juguete compartido, un diálogo, una conversación, una proyección colectiva. Fue la reproducción de un pequeño mundo para que directores de escena, iluminadores, figurinistas o intérpretes imaginaran cómo habitarlo, darle vida, hacer que mutara, contradecirlo o pervertirlo. Y, finalmente, también nació para que, en el futuro, otros tuvieran el privilegio de seguir el rastro íntimo de una idea que un día se hizo materia en el taller del escenógrafo.

Fotografía de Joan Martínez


Fotografías de May Zircus
Catalunya en la PQ23, David Corral